miércoles, 24 de junio de 2009

3... 2.... 1 CUENTO!

Una buena mañana de Febrero... una mañana inusualmente cálida de invierno... un melocotón helado caminaba ausente atravesando toda clase de caminos... sendas, montes valles... su suave piel, cubierta de escarcha, apenas ya se estremecía al contacto con nada... lloviese, diluviase o tronase... ni una sola palabra, ni un sólo beso, ni una sola concesión al destino, ni un sólo viaje en el tiempo...

Melocotón crecía en el más hermético de los silencios... tan sólo sus pulmones revolvían de cuando en cuando el poco aire que le quedaba dentro con intensas melodías... Y así el Sol caía y Melocotón se dejaba bailar a oscuras con la sola compañía del viento...

Dicen que fue una mañana de Febrero... la más cálida de aquella estación de infierno... la que vino a sonrojar la más dulce de las Mandarinas con sus alegres gorjeos... Su voz anaranjada sonaba inmensa en las paredes de aquel frío invierno... su voz de Mandarina inquieta y ruidosa revoloteaba de aquí para allá buscando un lugar donde reposar sus alas, su cuerpo.. porque, es cierto, Mandarina tenía alas, a pesar de que nadie nunca reparase en ello.. porque Mandarina era guerrera y valiente, cuando no jugaba a ser princesa.. cuando sólo pretendía vivir.. saber dónde ir.... y ser feliz..... sobre todo feliz.

“¿Juegas a tornarte nieve, Melocotón?”.- y cada una de éstas palabras sonó a verano, sonó a risa, a calor, a rojo en las mejillas... en los oídos de Melocotón... que ya comenzaba a sentir el Sol sobre su piel pálida, casi derretida. Mandarina cerraba los ojos y le invitaba a bailar, a lo que Melocotón respondía con un torpe intento de manejar sus movimientos al compás...
“Mandarina, ¿no sabes que soy fruta de piel muy fina? Si estiras demasiado, puedo quebrarme con facilidad.”

Y así pasaron las horas, las semanas y los días... y el hueso de Melocotón iba empapándose de la risa de Mandarina... y las alas de Mandarina crecían al abrigo de la piel recién estrenada, aterciopelada, de Melocotón.

Y así nació el verano, creció la primavera y murió el invierno... y ambos frutos comenzaron a caminar. Esta vez, con la vista en el horizonte, con las pieles encendidas, con las alas extendidas... emprendieron su viaje y aprendieron a bailar.

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