D e s p i e r t o . . . . . . . . . . . . . . . . . .
me abro paso entre sueños que tropiezan sigilosos con los huecos de la sangre que aún me fluye por dentro; mis huecos..
Dibujo, reinvento los labios que no tengo ahora que la voz se ha tragado sin piedad todos los besos; y s o n r í o porque la noche, porque la mente, porque las manos, porque el agua estancada que, por algún sinsentido, retuve, retengo, escapó finalmente del cuerpo mojando la piel hasta empaparme, hasta empaparte, hasta devolverte transformada en la fábula de una bruja que huyó a destiempo... olvidando su escoba a los pies de mi cama, por entre mis sueños...
Esta noche ha revuelto el olor de aquella bruja que jugaba a ser pequeña, casi insignificante, por miedo a despegar los pies del suelo; por miedo a sentirse gigante, demasiado grande... y caer después.....caer.... caer.... caer....y no ser.... y perder..... La bruja soñadora e inquieta que olvidaba ser valiente cuando más lo necesitaba.. La bruja que me amarró con el más dulce de los hechizos; la bruja que, a pesar de retratarse malvada, siempre fue buena. La bruja que, en la soledad de su oscura guarida, acaricia sus manos, aprieta sus muslos, se muerde los labios... imaginando ser libre.. La mujer que olvida sus dotes de hechicera y se abandona a la vida terrena, que no elige, que simplemente le espera... La bruja que no repara en que la magia es un arte que muy pocos manejan.
La luz entra violenta por entre los huecos de la persiana... Alzo la vista y su escoba sigue ahí, esperando una mano experta... Pero lo mío nunca fueron los hechizos... ni siquiera los altos vuelos... Yo reúno palabras que después explotan en mi garganta... y así sobrevivo, y así sueño... y así no olvido, y así recuerdo...
La luz entra violenta por entre los huecos de la persiana... su escoba... tu escoba..... y, sin remedio, la cabeza se llena de canciones... ¡estalla! y yo...
D u e r m o . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
martes, 31 de marzo de 2009
sábado, 28 de marzo de 2009
NO DICES NADA
Veo caer lunares de tu piel; y no dices nada...
Siento estallar tus ojos, bailar tus manos, arder tus labios... en pocos segundos.. y no dices nada.
Sacudo mi vestido, encierro mis fantasmas.. lo dulce de tus pupilas impregna de promesas las paredes de este espacio aún vacío, de esta historia apenas intuida, no construida.
Nunca un beso fue tan suave, tan pequeño, casi diminuto.. abarco, abrazo tu silencio y una necesidad de volar me sacude de repente... Tal vez sea hora de desempolvar mis alas... de reparar tus alas... de extender los brazos y descuidar el aire que se revuelva alrededor... y echar a volar........................................ Dulce sueño que emborracha por segundos la conciencia... Intermitente........ Inconsciente.... Inminente...
Y ya no pesa el dolor, y ya no pesa el terror y, extraviadas las palabras, no queda más que decir ... Huesos, tus huesos, que oprimen mis sesos. ¿Para qué pensar? No es tiempo, no es hora.. ¿Para qué esperar? La piel que enciende la piel, que abrasa, que arrasa, que avanza sin pensar en volver atrás, retroceder..
Y dime......¿para qué retroceder? Ahora cierras los ojos... no dices nada.
Siento estallar tus ojos, bailar tus manos, arder tus labios... en pocos segundos.. y no dices nada.
Sacudo mi vestido, encierro mis fantasmas.. lo dulce de tus pupilas impregna de promesas las paredes de este espacio aún vacío, de esta historia apenas intuida, no construida.
Nunca un beso fue tan suave, tan pequeño, casi diminuto.. abarco, abrazo tu silencio y una necesidad de volar me sacude de repente... Tal vez sea hora de desempolvar mis alas... de reparar tus alas... de extender los brazos y descuidar el aire que se revuelva alrededor... y echar a volar........................................ Dulce sueño que emborracha por segundos la conciencia... Intermitente........ Inconsciente.... Inminente...
Y ya no pesa el dolor, y ya no pesa el terror y, extraviadas las palabras, no queda más que decir ... Huesos, tus huesos, que oprimen mis sesos. ¿Para qué pensar? No es tiempo, no es hora.. ¿Para qué esperar? La piel que enciende la piel, que abrasa, que arrasa, que avanza sin pensar en volver atrás, retroceder..
Y dime......¿para qué retroceder? Ahora cierras los ojos... no dices nada.
jueves, 26 de marzo de 2009
TIERRA MOJADA
Dime si no escuchas, si no me ves...
Observo: un pie batiendo el aire; el rostro contra el cristal... Toda la historia en este fragmento, la historia en tu esqueleto, y los dedos que han dejado de chasquear ahora que la música suena... Huesos, piel... Intensa mezcla de dolor con olor a muerte prematura. No sabes que observo... ¿Lo sabes? Te miro e imagino tu pecho en cuarta dimensión. Lo sé, tratas de mimar los secretos, guardarlos con recelo en lo profundo del pliegue que dibujo junto a tus ojos cuando te haces sonreir... Y al final siempre escapan; no hay solución, se escapan por entre los motivos que caen de tus pupilas sin que nada puedas hacer. Sin solución me quito el vestido, la piel al servicio de la piel... Desde aquí hueles a sed. ¿Me dejarás? ¿Me besarás? Y que éste no sea el último silencio que escuchen los poros frente a esta misma pared... Frente a esta misma pared te desvestí un día, el primero... El azul de los besos que imaginé ahora es rojo y me violenta... No recuerdo... ¿Dónde guardé mi abrigo? Contra el rojo intenso siento frío, frío cuando ocultas las arrugas que crecieron estos años, en mi ausencia... Tratas, tientas; retando el tiempo no seremos jóvenes. Partir tarde o temprano; partir ahora, en un instante, y volver cuando la música cese, ésta vez para siempre............................................................. Marcho con la mitad de los sesos en esta botella, y los restos del amor ahogados en tierra mojada, empapada, fecunda... No, ahora no... tal vez algún día.
Observo: un pie batiendo el aire; el rostro contra el cristal... Toda la historia en este fragmento, la historia en tu esqueleto, y los dedos que han dejado de chasquear ahora que la música suena... Huesos, piel... Intensa mezcla de dolor con olor a muerte prematura. No sabes que observo... ¿Lo sabes? Te miro e imagino tu pecho en cuarta dimensión. Lo sé, tratas de mimar los secretos, guardarlos con recelo en lo profundo del pliegue que dibujo junto a tus ojos cuando te haces sonreir... Y al final siempre escapan; no hay solución, se escapan por entre los motivos que caen de tus pupilas sin que nada puedas hacer. Sin solución me quito el vestido, la piel al servicio de la piel... Desde aquí hueles a sed. ¿Me dejarás? ¿Me besarás? Y que éste no sea el último silencio que escuchen los poros frente a esta misma pared... Frente a esta misma pared te desvestí un día, el primero... El azul de los besos que imaginé ahora es rojo y me violenta... No recuerdo... ¿Dónde guardé mi abrigo? Contra el rojo intenso siento frío, frío cuando ocultas las arrugas que crecieron estos años, en mi ausencia... Tratas, tientas; retando el tiempo no seremos jóvenes. Partir tarde o temprano; partir ahora, en un instante, y volver cuando la música cese, ésta vez para siempre............................................................. Marcho con la mitad de los sesos en esta botella, y los restos del amor ahogados en tierra mojada, empapada, fecunda... No, ahora no... tal vez algún día.
miércoles, 25 de marzo de 2009
LA HORA DE LA PIEL (II)
Matías de ojos azules y melodía sencilla; Matías sin dobleces, más grave con los años. Olivia de piel clara y universo propio; Olivia de múltiples matices, más distante con los años. Matías tras Olivia, y Olivia que huye, o lo intenta. 24 veces su esposa, 24 promesas rotas; y finalmente un pacto taciturno consumado 1 vez por semana, 4 veces al mes, 48 noches al año... Tres en una habitación.
La última parte ya ambos la conocen: las normas estrictas, implícitas. El juego termina, y llega el silencio a llevarse todo atisbo de intimidad que pudiese haber poblado la habitación: Matías la mira en la distancia, la observa vestirse con las ropas que un amante casi 25 años más joven que él le arrancó minutos atrás ante sus ojos, palpando así cada centímetro de la piel blanca de Olivia. Tan blanca que hiere, tan clara que asusta, tan blanca que no admite un sólo reflejo de color. Tan blanca, tan clara, pero menos que antaño... porque ahora sí cree en los medios tonos...
Cuando regresa a la cama, Matías ya se ha dormido: los ojos cerrados al día, a la noche, a las palabras, a las preguntas, a las promesas... Y Olivia no logra afrontarlo, pronunciar una sola palabra: la lengua se ha anclado en el fondo de la garganta como en espera de un estado nuevo, diferente, demasiado incierto aún para pensar en levar anclas rumbo a terrenos más sinceros... La lengua estancada; las manos gastadas, desteñidas, desdibujadas... y por más que las lave, no parecen brillar lo suficiente... Las manos descoloridas, traidoras... las manos que se arrepienten y, aún así, no parecen vivir con la intención de detener la tortura del otro, del mártir que se acuesta a escasos centímetros de la blanca Olivia, completamente ciego... los ojos cerrados al dolor, a la vida. Espalda contra espalda desaparecen entre sábanas, duermen.... duermen... inconscientes pasajeros de la negra noche, que viaja demasiado deprisa, llevándose consigo los únicos momentos de paz.
El Sol ... y con él la misma pereza matutina, el mismo despertar separados, la misma taza de café caliente frente a la ventana, mientras Matías no ha salido de la ducha aún. La misma rutina, la misma melodía, el mismo "buenos días" escueto y desganado, y la misma sensación de no saber dónde ir, dónde esconder los malos sueños, la mala gana... Olivia ha estado escribiendo, coloreando hojas de papel con sus pensamientos... Jamás pasan de ser eso; pensamientos personales, privados, propios, como quieran llamarse para explicar que Matías nunca los comparte, ni seguramente lo hará.
El día transcurre entre tonadas: unas leves, otras malditas... las semanas iguales, los meses gemelos... El corazón va envejeciendo de no sentir; la piel, amiga ya de lo inmediato, lo casi violento, huye de los besos suaves, del contacto delicado de otra piel...
Y una noche color vainilla, Nur toca la puerta; una noche color vainilla cálida, muy cálida, más de lo que cabría esperarse a estas alturas de la vida, de su vida,más de lo que Olivia acostumbra a experimentar, un color vainilla intenso... y un dulce olor a caramelo que impregna la habitación ya cuando la desnudan al ritmo de la carne: Olivia con los ojos, Matías con los dedos... y el deseo arremete contra aquel cuerpo de mujer recién estrenada, casi indefensa, que recibe a Matías con las piernas abiertas... El mismo ansia de carne, de piel, pero esta noche, este perfume dulzón ha agarrado a la impenetrable Olivia por las mismas entrañas... se llena su blanco cuerpo de azules, de rojos y violetas... se desintegra el espacio en los ojos negros desconocidos, extraños, aunque inexplicablemente familiares; pierde el sentido unos instantes y vuelve a recuperarlo en silencio, la respiración entrecortada, el corazón bailando a tropezones... el viejo corazón que parece querer volver a sentir... sentir... ¿cómo hacer para sentir?... siente... ahora siente que sentir le da miedo...
La última parte ya ambos la conocen: las normas estrictas, implícitas. El juego termina, y llega el silencio a llevarse todo atisbo de intimidad que pudiese haber poblado la habitación: Matías la mira en la distancia, la observa vestirse con las ropas que un amante casi 25 años más joven que él le arrancó minutos atrás ante sus ojos, palpando así cada centímetro de la piel blanca de Olivia. Tan blanca que hiere, tan clara que asusta, tan blanca que no admite un sólo reflejo de color. Tan blanca, tan clara, pero menos que antaño... porque ahora sí cree en los medios tonos...
Cuando regresa a la cama, Matías ya se ha dormido: los ojos cerrados al día, a la noche, a las palabras, a las preguntas, a las promesas... Y Olivia no logra afrontarlo, pronunciar una sola palabra: la lengua se ha anclado en el fondo de la garganta como en espera de un estado nuevo, diferente, demasiado incierto aún para pensar en levar anclas rumbo a terrenos más sinceros... La lengua estancada; las manos gastadas, desteñidas, desdibujadas... y por más que las lave, no parecen brillar lo suficiente... Las manos descoloridas, traidoras... las manos que se arrepienten y, aún así, no parecen vivir con la intención de detener la tortura del otro, del mártir que se acuesta a escasos centímetros de la blanca Olivia, completamente ciego... los ojos cerrados al dolor, a la vida. Espalda contra espalda desaparecen entre sábanas, duermen.... duermen... inconscientes pasajeros de la negra noche, que viaja demasiado deprisa, llevándose consigo los únicos momentos de paz.
El Sol ... y con él la misma pereza matutina, el mismo despertar separados, la misma taza de café caliente frente a la ventana, mientras Matías no ha salido de la ducha aún. La misma rutina, la misma melodía, el mismo "buenos días" escueto y desganado, y la misma sensación de no saber dónde ir, dónde esconder los malos sueños, la mala gana... Olivia ha estado escribiendo, coloreando hojas de papel con sus pensamientos... Jamás pasan de ser eso; pensamientos personales, privados, propios, como quieran llamarse para explicar que Matías nunca los comparte, ni seguramente lo hará.
El día transcurre entre tonadas: unas leves, otras malditas... las semanas iguales, los meses gemelos... El corazón va envejeciendo de no sentir; la piel, amiga ya de lo inmediato, lo casi violento, huye de los besos suaves, del contacto delicado de otra piel...
Y una noche color vainilla, Nur toca la puerta; una noche color vainilla cálida, muy cálida, más de lo que cabría esperarse a estas alturas de la vida, de su vida,más de lo que Olivia acostumbra a experimentar, un color vainilla intenso... y un dulce olor a caramelo que impregna la habitación ya cuando la desnudan al ritmo de la carne: Olivia con los ojos, Matías con los dedos... y el deseo arremete contra aquel cuerpo de mujer recién estrenada, casi indefensa, que recibe a Matías con las piernas abiertas... El mismo ansia de carne, de piel, pero esta noche, este perfume dulzón ha agarrado a la impenetrable Olivia por las mismas entrañas... se llena su blanco cuerpo de azules, de rojos y violetas... se desintegra el espacio en los ojos negros desconocidos, extraños, aunque inexplicablemente familiares; pierde el sentido unos instantes y vuelve a recuperarlo en silencio, la respiración entrecortada, el corazón bailando a tropezones... el viejo corazón que parece querer volver a sentir... sentir... ¿cómo hacer para sentir?... siente... ahora siente que sentir le da miedo...
martes, 24 de marzo de 2009
LA HORA DE LA PIEL (I)
Casi ha olvidado el sonido de las olas; casi no escucha, no es capaz de oir ni una sola gota de aquel enorme torrente que hoy, ahora, queda tan lejos de las cuatro paredes que atrapan cada pensamiento. El reloj casi roza las 6; los dedos se acercan a la cumbre, a la cima de la eterna melodía que se repite y se revuelve, se empapa de las palabras jamás pronunciadas cargándose de matices imposibles... Arrastra las horas, arrastra los días, regresa a lugares lejanos, y así parece que los recuerdos se despojan de su condición de recuerdos, y el pasado de su carácter de pasado, y los sueños de su propio nombre "sueños", y la vida se aclara y aparece ante sus ojos como aquel mar, aquellas olas mudas y lejanas que vuelven a llevársela.
Olivia no sabe llorar con los puños abiertos; los aprieta de rabia cuando se llenan de lágrimas sus ojos, y pide que algo ocurra, que algo cambie, que algo inesperado la agite... pide a un dios que no encuentra, que no existe, que sólo se hace presente en aquellos instantes de dolor, de rabia, le ruega que al fin algo gire y la sorprenda.
Casi suenan las 7, y las manos ahora se mecen, aparecen y se esconden por entre los blancos y negros de aquella melodía que se repite y se revuelve... los dedos danzando y deslizándose en aquella agonía que no acaba porque Olivia ha vuelto a olvidar la aguda nota final: la que todo lo cierra y todo lo cura. Y así llegan las 8, y Olivia se pregunta si será capaz esta vez de afinar el viejo piano de cola frente al que construye, reconstruye, cada tarde su propia imagen, tratando de enlazar pedazos... tratando de encontrar el tono, el color, el matiz, la palabra, la nota, la armonía... ese algo, en fin, que le permita desprenderse de una vez por todas de aquel maldito piano gastado de los años y del uso, de esa tonada melancólica que recomponen segundo a segundo sus dedos cansados de rastrear entre residuos emocionales que el alma, en su torpeza, es incapaz de deshacer.
8.30, 8.45, 8.50... se acerca la hora de la carne... 8.55, 8.57, 8.59... Parece que Matías se ha decidido finalmente por el chico de los helados: el de los enormes ojos naranja y esa piel chocolate... Camina despacio. Lo observa. Llega la hora del deseo y ya no importa lo que Olivia sea, lo que sienta, lo que busque, lo que encuentre; llega la hora del deseo y ya no importa que Matías sea en realidad un extraño que la observa mientras otras manos aprisionan sus muslos con fuerza. Los labios duros, los dedos de tierra, la piel erizada, desconocida, la historia que se repite cada semana, la historia que nunca es igual porque toma otras formas, otros ojos, otros labios, otro sexo...Y si no es Olivia, es Matías, y si no es Matías es Olivia, y nunca los dos al mismo tiempo, que el otro sólo toma asiento y observa, y recorre los pliegues de su propia piel al ritmo que le viene impuesto.
Olivia no sabe llorar con los puños abiertos; los aprieta de rabia cuando se llenan de lágrimas sus ojos, y pide que algo ocurra, que algo cambie, que algo inesperado la agite... pide a un dios que no encuentra, que no existe, que sólo se hace presente en aquellos instantes de dolor, de rabia, le ruega que al fin algo gire y la sorprenda.
Casi suenan las 7, y las manos ahora se mecen, aparecen y se esconden por entre los blancos y negros de aquella melodía que se repite y se revuelve... los dedos danzando y deslizándose en aquella agonía que no acaba porque Olivia ha vuelto a olvidar la aguda nota final: la que todo lo cierra y todo lo cura. Y así llegan las 8, y Olivia se pregunta si será capaz esta vez de afinar el viejo piano de cola frente al que construye, reconstruye, cada tarde su propia imagen, tratando de enlazar pedazos... tratando de encontrar el tono, el color, el matiz, la palabra, la nota, la armonía... ese algo, en fin, que le permita desprenderse de una vez por todas de aquel maldito piano gastado de los años y del uso, de esa tonada melancólica que recomponen segundo a segundo sus dedos cansados de rastrear entre residuos emocionales que el alma, en su torpeza, es incapaz de deshacer.
8.30, 8.45, 8.50... se acerca la hora de la carne... 8.55, 8.57, 8.59... Parece que Matías se ha decidido finalmente por el chico de los helados: el de los enormes ojos naranja y esa piel chocolate... Camina despacio. Lo observa. Llega la hora del deseo y ya no importa lo que Olivia sea, lo que sienta, lo que busque, lo que encuentre; llega la hora del deseo y ya no importa que Matías sea en realidad un extraño que la observa mientras otras manos aprisionan sus muslos con fuerza. Los labios duros, los dedos de tierra, la piel erizada, desconocida, la historia que se repite cada semana, la historia que nunca es igual porque toma otras formas, otros ojos, otros labios, otro sexo...Y si no es Olivia, es Matías, y si no es Matías es Olivia, y nunca los dos al mismo tiempo, que el otro sólo toma asiento y observa, y recorre los pliegues de su propia piel al ritmo que le viene impuesto.
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