Matías de ojos azules y melodía sencilla; Matías sin dobleces, más grave con los años. Olivia de piel clara y universo propio; Olivia de múltiples matices, más distante con los años. Matías tras Olivia, y Olivia que huye, o lo intenta. 24 veces su esposa, 24 promesas rotas; y finalmente un pacto taciturno consumado 1 vez por semana, 4 veces al mes, 48 noches al año... Tres en una habitación.
La última parte ya ambos la conocen: las normas estrictas, implícitas. El juego termina, y llega el silencio a llevarse todo atisbo de intimidad que pudiese haber poblado la habitación: Matías la mira en la distancia, la observa vestirse con las ropas que un amante casi 25 años más joven que él le arrancó minutos atrás ante sus ojos, palpando así cada centímetro de la piel blanca de Olivia. Tan blanca que hiere, tan clara que asusta, tan blanca que no admite un sólo reflejo de color. Tan blanca, tan clara, pero menos que antaño... porque ahora sí cree en los medios tonos...
Cuando regresa a la cama, Matías ya se ha dormido: los ojos cerrados al día, a la noche, a las palabras, a las preguntas, a las promesas... Y Olivia no logra afrontarlo, pronunciar una sola palabra: la lengua se ha anclado en el fondo de la garganta como en espera de un estado nuevo, diferente, demasiado incierto aún para pensar en levar anclas rumbo a terrenos más sinceros... La lengua estancada; las manos gastadas, desteñidas, desdibujadas... y por más que las lave, no parecen brillar lo suficiente... Las manos descoloridas, traidoras... las manos que se arrepienten y, aún así, no parecen vivir con la intención de detener la tortura del otro, del mártir que se acuesta a escasos centímetros de la blanca Olivia, completamente ciego... los ojos cerrados al dolor, a la vida. Espalda contra espalda desaparecen entre sábanas, duermen.... duermen... inconscientes pasajeros de la negra noche, que viaja demasiado deprisa, llevándose consigo los únicos momentos de paz.
El Sol ... y con él la misma pereza matutina, el mismo despertar separados, la misma taza de café caliente frente a la ventana, mientras Matías no ha salido de la ducha aún. La misma rutina, la misma melodía, el mismo "buenos días" escueto y desganado, y la misma sensación de no saber dónde ir, dónde esconder los malos sueños, la mala gana... Olivia ha estado escribiendo, coloreando hojas de papel con sus pensamientos... Jamás pasan de ser eso; pensamientos personales, privados, propios, como quieran llamarse para explicar que Matías nunca los comparte, ni seguramente lo hará.
El día transcurre entre tonadas: unas leves, otras malditas... las semanas iguales, los meses gemelos... El corazón va envejeciendo de no sentir; la piel, amiga ya de lo inmediato, lo casi violento, huye de los besos suaves, del contacto delicado de otra piel...
Y una noche color vainilla, Nur toca la puerta; una noche color vainilla cálida, muy cálida, más de lo que cabría esperarse a estas alturas de la vida, de su vida,más de lo que Olivia acostumbra a experimentar, un color vainilla intenso... y un dulce olor a caramelo que impregna la habitación ya cuando la desnudan al ritmo de la carne: Olivia con los ojos, Matías con los dedos... y el deseo arremete contra aquel cuerpo de mujer recién estrenada, casi indefensa, que recibe a Matías con las piernas abiertas... El mismo ansia de carne, de piel, pero esta noche, este perfume dulzón ha agarrado a la impenetrable Olivia por las mismas entrañas... se llena su blanco cuerpo de azules, de rojos y violetas... se desintegra el espacio en los ojos negros desconocidos, extraños, aunque inexplicablemente familiares; pierde el sentido unos instantes y vuelve a recuperarlo en silencio, la respiración entrecortada, el corazón bailando a tropezones... el viejo corazón que parece querer volver a sentir... sentir... ¿cómo hacer para sentir?... siente... ahora siente que sentir le da miedo...
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