Casi ha olvidado el sonido de las olas; casi no escucha, no es capaz de oir ni una sola gota de aquel enorme torrente que hoy, ahora, queda tan lejos de las cuatro paredes que atrapan cada pensamiento. El reloj casi roza las 6; los dedos se acercan a la cumbre, a la cima de la eterna melodía que se repite y se revuelve, se empapa de las palabras jamás pronunciadas cargándose de matices imposibles... Arrastra las horas, arrastra los días, regresa a lugares lejanos, y así parece que los recuerdos se despojan de su condición de recuerdos, y el pasado de su carácter de pasado, y los sueños de su propio nombre "sueños", y la vida se aclara y aparece ante sus ojos como aquel mar, aquellas olas mudas y lejanas que vuelven a llevársela.
Olivia no sabe llorar con los puños abiertos; los aprieta de rabia cuando se llenan de lágrimas sus ojos, y pide que algo ocurra, que algo cambie, que algo inesperado la agite... pide a un dios que no encuentra, que no existe, que sólo se hace presente en aquellos instantes de dolor, de rabia, le ruega que al fin algo gire y la sorprenda.
Casi suenan las 7, y las manos ahora se mecen, aparecen y se esconden por entre los blancos y negros de aquella melodía que se repite y se revuelve... los dedos danzando y deslizándose en aquella agonía que no acaba porque Olivia ha vuelto a olvidar la aguda nota final: la que todo lo cierra y todo lo cura. Y así llegan las 8, y Olivia se pregunta si será capaz esta vez de afinar el viejo piano de cola frente al que construye, reconstruye, cada tarde su propia imagen, tratando de enlazar pedazos... tratando de encontrar el tono, el color, el matiz, la palabra, la nota, la armonía... ese algo, en fin, que le permita desprenderse de una vez por todas de aquel maldito piano gastado de los años y del uso, de esa tonada melancólica que recomponen segundo a segundo sus dedos cansados de rastrear entre residuos emocionales que el alma, en su torpeza, es incapaz de deshacer.
8.30, 8.45, 8.50... se acerca la hora de la carne... 8.55, 8.57, 8.59... Parece que Matías se ha decidido finalmente por el chico de los helados: el de los enormes ojos naranja y esa piel chocolate... Camina despacio. Lo observa. Llega la hora del deseo y ya no importa lo que Olivia sea, lo que sienta, lo que busque, lo que encuentre; llega la hora del deseo y ya no importa que Matías sea en realidad un extraño que la observa mientras otras manos aprisionan sus muslos con fuerza. Los labios duros, los dedos de tierra, la piel erizada, desconocida, la historia que se repite cada semana, la historia que nunca es igual porque toma otras formas, otros ojos, otros labios, otro sexo...Y si no es Olivia, es Matías, y si no es Matías es Olivia, y nunca los dos al mismo tiempo, que el otro sólo toma asiento y observa, y recorre los pliegues de su propia piel al ritmo que le viene impuesto.
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